Las vueltas de la oreja
Hace un par de semanas, recibí por correo una oreja de Van Gogh. Recordé un cuento de Lugones y otro de Borges en los que una palabra pronunciada al oído resuelve la historia narrada. Decidí hacer lo mismo. La oreja de Van Gogh se alejó volando. Unos días después, volvió a traérmela el cartero en un sobre, acompañada por una esquela que decía: “lamentablemente, Beethoven ha muerto. Este regalo ya no le resulta útil”.
Le sugerí en secreto que volviera con su primitivo dueño. Otra vez se fue volando. Y regresó de nuevo por correo, con una nota que decía: “lamentablemente, Van Gogh ha muerto. Este regalo ya no le resulta útil”. Pensé un segundo y, cuando estaba a punto de hablar, me di cuenta de que no tenía sentido. No podíamos engañarnos: yo sabía que la oreja escribía esas misivas y ella, que yo era incapaz de echarla a la calle. Después de todo, me hacía falta quien me acompañara a tomar mate, se sentara a mi lado mientras escribo y ronroneara sobre mi almohada a media noche.
|
|